�M�s como chico Mendes, todav�a?
Por Clara Rivero Sosa
La noticia cundió, antes que en los medios de comunicación tradicionales, a través de veloces correos múltiples y páginas de Internet de las organizaciones conectadas o solidarias con la lucha de Ferreyra y de muchos otros como él. Pero el pesar que se expandió no se parece en nada a un abatimiento sedante sino que se está constituyendo en una conmoción revulsiva. Tampoco fue una sorpresa desde que el sistema extractivista –no sólo la invasiva expansión sojera- sigue adelante de cualquier modo y haciendo gala de una impunidad que no se entendería sin apoyos, o, mejor dicho, sin complicidades importantes.
Como ya sabemos, Cristián Ferreira fue ultimado a tiros por dos sicarios, empleados de un terrateniente santafesino, ahora detenido, el cual ya había expresamente amenazado a quienes obstaculizaban sus propósitos de desalojar a los arraigados pobladores rurales y hacerse de sus tierras y sus montes, defendidos por los movimientos campesinos.
El trágico suceso comentado resulta descollante, emblemático, aunque no el primero de una larga serie de hechos luctuosos que, con causas e incriminados o sin ellos, jalonan este “modelo” de producción. Sin remontarnos en el tiempo sino recurriendo a las noticias más recientes, tenemos el caso de Néstor Vargas (27 años, de Vera, Santa Fe) operario muerto por intoxicación al manipular agrotóxicos y subestimado médicamente en primera instancia; otro emergente de una realidad terriblemente más extensa pero no debidamente documentada. Están también los obreros que, luego de volcarse mecánicamente las cargas dentro de los silos, palean los últimos granos y que, en ocasiones se hundieron y ahogaron, sin posibilidad de salvamento, en las profundidades de una cosecha que enriquece a algunos y que – como vemos- llenó el cuerpo de estos hombres de la peor manera. Y recordemos a los camioneros que fueron fumigados dentro de sus vehículos junto con su cargamento. Y a los desdichados e inermes niños banderilleros que ya parecen historia. Y lo que ocurre y se desconoce en los puertos privados del Gran Rosario; en uno de ellos se produjo hace poco un incendio en un depósito de materiales tóxicos que afectó a toda el área, con población y cultivos, y nadie se hizo cargo de las consecuencias. A todo ello se suman los habitantes rurales y los habitantes urbanos de las proximidades de los campos pulverizados, todos los cuales viven sometidos a este envenenamiento constante que deviene en un aumento de los casos de diversos tipos de cáncer – especialmente en niños-, de enfermedades relacionadas con la perturbación ambiental, de alteraciones del ADN que comprometen el destino de las generaciones futuras; de abortos y malformaciones fetales; de la pérdida definitiva de cultivos y animales domésticos y, aun peor si cabe, en la contaminación del agua que antes había sido potable, y sin poder siquiera apelar al recurso de la fauna y de los frutos de la flora autóctona, igualmente exterminados. Se añaden las intoxicaciones menores o mayores, notorias o indetectables, pero a la que todos estamos expuestos porque el ambiente no está dividido en casilleros herméticos y todos compartimos sus avatares en alguna medida, respiramos el mismo aire, comemos los mismos alimentos, y bebemos la misma agua, hacinados en degradados ámbitos urbanos hacia donde son expulsados –como si fueran residuos- los humanos remanentes de esta economía. Esta economía, una materia que fuera creada para organizar y administrar mejor la actividad humana en beneficio de todos y que ahora parece haber tomado vida propia y haberse erigido en despótico ídolo al que se le debe rendir pleitesía, así como a sus sacerdotes, aun cuando exija sacrificios humanos.
Como si fuera poco, el tipo de agricultura y de cultivos forestales que actualmente se desarrollan, de monocultivos y transgénicos, demanda cantidades inmensas de agua que se les quitan a las necesidades de la gente, justo en estos tiempos en que la disponibilidad de agua dulce y limpia es absolutamente crucial y decisiva a nivel planetario. Cuanto se dice de la agricultura y de la forestación con falsos bosques, todo lo que se significa es aplicable, con las variantes que son propias de cada actividad, a la minería, a la explotación petrolera y a la devastación de los bosques, humedales y pastizales nativos. No sólo se trata de contaminación sino que está involucrada la protección de la humanidad frente al Cambio Climático y acabamos de mencionar en último término justamente a los elementos naturales que ofician de resguardos ante el mismo, y a los cuales se los elimina sin contemplaciones, más allá de chicanas o frases que intentan cubrir esas prácticas con fórmulas de corrección política.
Con todo lo que avasalla y destruye este sistema demencial, no le caben más parches que simulen ser “ecológicos” o pretendan aplicar meros paños fríos. Se precisa un cambio total. Están involucrados la vida, pero una vida digna, no una de miserable sobrevivencia; la salud, pero que no se limite y entienda como la cura de enfermedades, sino que implique el existir en un ambiente sano que no nos convierta en obligados pacientes; están la disponibilidad de tierra y agua, de alimentos, pero todos limpios y benignos, que no nos intoxiquen. Creemos que el presente estado de cosas no admite mejoras, sólo un cambio, un gran cambio.
El mes que viene estaremos recordando a Chico Mendes, el defensor de la selva amazónica, un hombre sumamente modesto, obrero del caucho, que comenzó sin saber que más adelante lo llamarían “ecologista”, término que ni siquiera había oído hasta entonces. Él, en su sencillez, pretendía preservar la selva como tal porque así, viva y en pie, era la fuente trabajo, de subsistencia suya, de sus compañeros y de sus familias; la fuente de una subsistencia sacrificada pero honrosa, y eso lo tenía muy claro: ellos no “eran” sin la selva. Chico Mendes fue mandado asesinar por un hacendado – no el único, pero uno de muchísimos- que pretendía talar el área para desarrollar la ganadería.
El 9 de diciembre de 1988 con una lucidez apabullante Chico Mendes dijo: “Las estancias y el ganado no han traído ningún progreso económico a la región. Para lo único que han servido es para concentrar la tierra en unas pocas manos. Mi esperanza es que los gobiernos de la gente que da dinero al Banco Interamericano de Desarrollo escuchen las quejas de los seringueiros (1). De otro modo, la selva será destruida…Yo no protejo la selva porque me preocupo que dentro de veinte años el mundo quedará afectado. Me preocupa porque miles de personas que viven aquí dependen de la selva y sus vidas están en peligro todos los días…Si un mensajero llegara al cielo y me garantizara que mi muerte fortalecería nuestra lucha, valdría la pena. Pero la experiencia nos enseña lo opuesto. Las manifestaciones y los funerales sin fin no salvarán a Amazonia. Yo quiero vivir”. Apenas trece días después lo mataron en su casa de Xapurí.
¿Cuántos holocaustos más – notorios, o solapados- son necesarios para tomar conciencia?
(1) Seringueiros son los extractores del látex de los árboles de caucho. Recordar que en esta actividad los árboles siguen vivos.